Instagram y WhatsApp son dos aplicaciones propiedad de Facebook que costaron 1.000 y 19.000 millones de dólares respectivamente, aunque ambas adquisiciones podrían haberse quedado pequeñas de haberse salido Zuckerberg con la suya, y es que el CEO de la compañía quiso comprar Snap, matriz de Snapchat.

Lo intentó primero en 2013 con una oferta de 3.000 millones que el CEO de Snapchat rechazó. Hizo bien, pues cuatro años después la compañía saldría a bolsa por 26.000 millones de valoración, una diferencia que ilustra la burbuja en la que ha vivido la tecnología durante la última década.

No contentos con el rechazo inicial y la posterior inflación del valor de Snap, Facebook se planteó seriamente comprar la empresa en 2016 asumiendo la espectacular subida. Habrán sido 21.000 millones en total, mucho más que lo que ofrecieron al primer intento y más incluso que lo que pagaron por WhatsApp.

Lo curioso de esta noticia no es sólo que Facebook se plantee pagar una millonada por una app, algo que al fin y al cabo entra dentro de lo normal. Lo sorprendente es que Zuckerberg y su entorno sabían que Snapchat estaba pasando por un mal momento, con un crecimiento prácticamente escuálido.

De haberse salido con la suya, a día de hoy tendrían una empresa valorada en mucho menos de los 26.000 millones por los que salió a bolsa, convirtiendo la operación en una auténtica ruina contable, aunque quizás los intereses de Facebook no fueran monetizar la app a corto plazo sino acceder a los datos de sus usuarios.

Por ahora parece que en Facebook no está sobre la mesa otra gran compra, declinada definitivamente la opción de adquirir Snap. En los despachos del gigante tecnológico tienen otras preocupaciones más acuciantes, como por ejemplo lidiar con las sucesivas crisis ocasionadas por filtraciones y brechas de seguridad en su red social.

Por si eso fuera poco, la imagen publica de la firma no es ni mucho menos óptica, con su CEO en el punto de mira y la seguridad y privacidad de los datos de sus usuarios puesta en entredicho.